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27 A menudo los labios más urgentes no tienen prisa dos besos después. Andrés Calamaro   por   Rafa*
 
 
DaniloAlberoVergara 10/31/2022 | 00:04:28  
 
(Manu)Scripta manent
Danilo Albero Vergara Escritor argentino
Tags:
  Literatura   literatura hispanoamericana   escritores latinoamericanos   literatura latinoamericana   Danilo Albero Vergara   escritor argentino   ensayos literarios   novelas argentinas
 

Escribí y escribo a mano; las primeras ideas las redacto con lápiz o tinta y, avanzado el texto en pantalla, sigo manuscribiendo ideas a insertar o a corregir en lo ya redactado. Desde la secundaria me habitué a subrayar libros con lápiz y no he parado hasta el presente; puedo leer sin anteojos, no sin lápiz; mejor portaminas -tamaño 0.7 mm con minas 2B de trazo fino, oscuro y fácil de borrar-, mi paso por dos años de ingeniería aportó el destierro de los lápices; jamás pude usar bolígrafos.

La palabra manuscrito me hace ensoñar en derivas imaginarias que, como mapas en libros de aventura, pueden llevar al hallazgo de algún tesoro o revelar algo desconocido. Las dos primeras acepciones de la RAE refieren a su etimología, del latín manu scriptus, “escrito a mano” -la única manera de hacerlo desde la invención de la escritura hasta Gutenberg, pese a que en la película Gladiador vemos pegar carteles anunciando los próximos espectáculos en el Coliseo-, de allí surge el latín medieval manuscriptum. Además, siempre según la RAE, manuscrito es un texto escrito a mano y que tiene valor, sea por su antigüedad y contenido o por provenir de mano de alguna celebridad. Ya en la tercera entrada, “manuscrito” es el texto original que el autor entrega al editor para su publicación, si bien, desde la invención de la máquina de escribir al presente, ese texto “manuscrito” ya no es tal sino dactilográfico.

Una de las ventajas que aportó la computadora a la escritura fue perder el miedo a la corrección; terminado el texto, es posible imprimirlo, corregirlo a mano y luego trascribirlo en la pantalla, proceso que se puede repetir todas las veces que el autor lo considere necesario.

Hace añares, me empecé a preguntar como hacían, entre otros, los prolíficos escritores del Siglo de Oro para corregir sus trabajos en una época en que escribir era tan engorroso. Esta duda, no resuelta, se volvió más intensa cuando visité la casa de Lope de Vega en Madrid y vi una reproducción de su mesa de trabajo y la metodología de la época; además de la trabajosa pluma de ave usada para escribir, por lo general preparada por el autor con un pequeño cuchillo plegable, que dio nombre a las navajas de bolsillo o “cortaplumas” -Flaubert nunca abandonó esta ceremonia y no concordaba con el uso de las plumas de escribir de acero como sus colegas-, debía mojarla en el tintero, para empezar la redacción. Pero la tinta tardaba en secar, podía correrse y borronear el trabajo, terminada la página se usaba una suerte de salero del tamaño de un vaso grande con cebada molida -si mal no recuerdo la guía, en la casa de Lope de Vega nos dijo que al recipiente se lo llamaba “cebadera”-, con ella se espolvoreaba sobre la hoja para ayudar a secar la tinta. No puedo imaginar cómo debe haber sido la redacción de El Quijote, la única respuesta que he fabulado es que, por aquellos años, los autores meditaban largamente sus textos, quizás lo recitaban en voz alta y le daban vueltas en su pensamiento previo al paso al papel y, antes, a la tablilla de cera, el papiro o el pergamino. De allí que escribir calamo currente es sinónimo de habilidad para improvisar al momento de escribir y la cita latina Verba volant, scripta manent, sintetiza este proceso mental; la escritura fija y el viento no se lleva las palabras.

La aparición de la estilográfica permitió un flujo permanente de tinta y evitar mojar la pluma en el tintero y, durante años, la posesión de una de ellas por lo general con capuchón de oro o plata, era la confirmación de un rito de paso importante en la vida de mujeres y hombres: finalizar el secundario u obtener el diploma universitario; portarla era parte del atuendo urbano y uno de los obsequios al subir a un avión eran bolsitas de polietileno, con el logo de la empresa, para acomodar las estilográficas por si se derramaban por la presión de aire en la cabina. Las estilográficas tienen su lado espinoso: dedos manchados por un derrame inesperado, que aflora no más quitar el capuchón para escribir; incidentes que involucraron dos mandamases famosos en dos oportunidades en menos de una década: el reciente coronado Carlos III y, antes, a Donald Trump.

Estudios de neurocientíficos de los últimos lustros indican que, escribir utilizando sólo pantalla táctil o el teclado puede afectar el desarrollo del cerebro en niños que están aprendiendo a leer, por lo que el aprendizaje de escribir con una pluma y tinta junto con la enseñanza de lectura favorecería el perfeccionamiento de la motricidad fina.

Por otra parte dejar de escribir a mano significa el fin de una tradición cultural que se remonta al inicio de la civilización, la pérdida del hábito equivale a echar en el olvido una habilidad determinante en nuestra historia cultural. Quizás por eso, en la antigüedad, hacerlo con destreza y elegancia elevaba a los escribientes al rango de artistas, los calígrafos. Una refinada muestra de caligrafía son las tughras, firmas ceremoniales de los sultanes turcos -algo semejante a los llamados "monogramas reales", pero con mayor riqueza simbólica, estética y de color-, que aparecía en los frontispicios, interiores de edificios, estandartes y reproducida con sellos en decretos regios. En su composición -en el más puro sentido plástico, como quien habla de "regla áurea"- las tughras contenían, de acuerdo a un esquema ya establecido, nombre, filiación y divisa del sultán; ellas, para los letrados, hablan, como Homero nos cuenta, del escudo de Aquiles.

Aunque el saber escribir a mano no garantiza mucho. Una foto de enero de 2017, a poco de su asunción como presidente, Donald Trump aparece, sentado frente al documento que acaba de firmar sobre el escritorio, los ojos cerrados las mandíbulas contraídas, empuña la lapicera con la mano derecha como un puñal, el capuchón con la izquierda como una vaina, en un esfuerzo no disimulado por encastrar las dos partes, lo cual revela que ha sido un proceso trabajoso. Juan Carlos III de Inglaterra -al que podríamos llamar “el paciente heredero esperador”-, coronó --una manera de decir- su asunción con dos lides con plumas fuente. El primero, el día de su coronación cuando no pudo evitar un grosero gesto de irritación, porque un tintero sobre el escritorio, una mesa asombrosamente pequeña, le dificultó firmar con desahogo su asunción. El segundo, días después, al firmar el libro de visitas en su primer acto como rey en Irlanda del Norte, en esa oportunidad, al volver a colocar el capuchón en su estilográfica, notó que se había manchado los dedos, le entregó con asco la pluma a Camilla, se levantó y, de manera ostentosa, sacó un inmaculado pañuelo de su bolsillo para limpiarse, a la par que lanzó un poco british y aristocrático improperio, más o menos: “I hate this dammed thing!”

Tanto para Donald Trump o a “el paciente heredero esperador” se hace válida esa expresión, común en la zona rural de mi provincia: “¿y si no sabís, pa’ que te metís?”





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