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27 El amor es ciego, pero los vecinos no. Clarasó   por   Rafa*
 
 
DaniloAlberoVergara 9/12/2022 | 00:00:05  
 
Turner
Danilo Albero Vergara Escritor argentino
Tags:
  Literatura   literatura hispanoamericana   escritores latinoamericanos   literatura latinoamericana   Danilo Albero Vergara   escritor argentino   ensayos literarios   novelas argentinas
 

Se podría decir que fue predestinado a hermanar su pintura con las letras; nació el 23 de abril de 1775, el mismo día que William Shakespeare. También fue testigo y partícipe de la revolución industrial, del advenimiento del ferrocarril y la navegación a vapor en la vida cotidiana. Asistió como espectador a la Revolución Francesa; las campañas, apogeo y caída de Napoleón; la venta de la Louisiana francesa a los Estados Unidos; los levantamientos del 2 de mayo de 1808 y los fusilamientos del día siguiente -los de El 2 de mayo de 1808. La carga de los mamelucos y Los fusilamientos del 3 de mayo en Madrid de Goya-; la independencia de las colonias españolas de América; la revolución de 1830 en París -la de La libertad guiando al pueblo de Delacroix.

Un dicho inglés define de cuerpo entero a los afortunados: “born with a silver spoon in your mouth” (nacido con una cuchara de plata en la boca); Turner nació con un juego de cubiertos de plata en la boca, obsequio de Las Musas. Tuvo la suerte de cara y entró al mundo del arte con una escalera real al as, sólo tuvo que darle color y forma.

Hijo de una carnicera, que terminó internada en un manicomio, y un barbero, de Covent Garden. Pese a su erudición y cultura, el barrio y la vecindad, le dejaron indelebles modales callejeros y marcado acento cockney. No era muy agraciado, han quedado, dos dibujos de perfil de colegas y un autorretrato al óleo, con veinticinco años. En los tres casos se destaca su mandíbula semejante a un espolón y la nariz de guacamayo. A los diez años, por un problema de salud, pasó una temporada en casa de su tío en Brenford, allí se interesó por la vida y actividad del puerto y los hombres de mar; a los once, ya es un experto dibujante de vistas de Londres, trabajos que su padre vende en la barbería.

A los catorce ingresó como estudiante en la Royal Academy, donde se interesó por el paisajismo, la obra de Canaletto y sus vistas de Venecia; también fue influenciado por las lecturas de Burke sobre lo sublime y lo bello. Esta idea de lo sublime, tal como la revivieron los románticos, es el éxtasis o estupor frente a fenómenos de la naturaleza, ruinas u obras de arte -síntomas que lo llevaron a Stendhal a tener su “síndrome de Stendhal” en Florencia- aflorará en gran parte de su obra.

Obra que, para el biógrafo y amigo John Ruskin, estuvo matizada por la febril actividad de lector de contemporáneos y clásicos y que, en sus bocetos, aparecen escorzados por referencias literarias. En 1802, ya es miembro de la Royal Academy y realiza su primer viaje por Europa; visita París y, en el Louvre, admira con provecho a Ticiano y Poussin; llega hasta los Alpes, de donde nos deja Tempestad de nieve: Aníbal cruzando los Alpes, aquí el motivo histórico está subordinado a la furia de la naturaleza: la historia y lo sublime. Su visión de la “luz y color” -como lo definió Ruskin- y la literatura clásica, aparece en sus óleos Dido construye Cartago, Ulises burlando a Polifemo; en ellos, al igual que en gran parte de su obra, prima un tratamiento del óleo como, si fuera acuarela, con veladuras, luminosidades y fundidos; sumado a la elección de amaneceres o atardeceres para dar atmósfera a sus telas.

En 1819 hace un viaje por Italia, de Venecia nos dejará su visión en El puente de los suspiros, el palacio Ducal y la aduana de Venecia, el óleo muestra su aprendizaje de Canaletto en el tratamiento de la luz; pero Canaletto jamás pintó gente descargando mercadería en un muelle atiborrado de barcas de remo y basura. La vista no es desde un muelle sino desde el agua, como se la podría tener desde una embarcación, inmersa en la actividad cotidiana; la traza de la visión cockney de su infancia en Covent Garden.

Dos cuadros suyos para mi pinacoteca de ladrón de obras de artes. La primera: El Combatiente Temerario, remolcado a su último fondeadero para ser desguazado (1838); aquí Turner da una vuelta de tuerca a la concepción del coraje y la tradición naval en los tiempos que sobrevendrían. El Combatiente Temerario fue el barco que arrasó con sus cañones al Redutable -barco francés de donde salió el disparo que mató a Nelson, escena que había pintado, treinta años antes, en La batalla de Trafalgar vista desde los obenques de estribor de mesana. Una vista desde el cordaje del Victory y, a la derecha, el Redoutable; envueltos en nubes de humo de los cañonazos. El almirante, herido de muerte, es llevado hacia el pie del palo mayor-. Tres décadas después de Trafalgar, el Combatiente Temerario es obsoleto, y, en el óleo, se ve cómo una embarcación a vapor lo remolca hacia el desarmadero.

El cuadro conmovió a sus contemporáneos y fue aclamado por la crítica, si bien la representación dista mucho de ser “veraz” -el Combatiente Temerario, al momento de ser remolcado era un pontón, no tenía mástiles ni cañones, como lo pintó Turner-. La presentación en público fue una performance: se leyeron poemas de veteranos de la batalla, y una esclarecedora reseña del escritor Thackeray: "Puede parecer absurdo tanto entusiasmo por cuatro pies cuadrados de lienzo representando dos barcos, un vapor arrastrando a un viejo velero, un río y una puesta de sol. Pero aquí se esconde el poder de un gran artista. Un gran artista es aquel que logra hacernos pensar acerca de muchas cosas que el objeto mostrado esconde; él sabe cómo curar o intoxicar, inflamar o deprimir, con unas pocas notas, palabras, formas o colores, de los cuales nosotros no podemos rastrear la fuente y los mecanismos de creación, pero sentimos el impacto de su resultado”.

Otro cuadro suyo para mi pinacoteca de ladrón: Lluvia, vapor y velocidad, una locomotora, arrastrando vagones de pasajeros, avanza, hacia el espectador. Atraviesa un puente en medio de una tempestad, inmune a las inclemencias. La imagen se ve opacada por el turbión y le valió una crítica más despiadada que la tormenta del cuadro: “Ha deshonrado sus altas dotes con caprichos más descabellados y ridículos que aquellos a los que se entregaría cualquier interno de Bedlam -el famoso manicomio londinense.”, fue el comentario en The Times en 1844.

Su respuesta: "No pinto para agradar al público sino para expresar lo que veo y siento". Esto fue tres décadas antes de los impresionistas, recién en 1892 Claude Monet comenzó la serie de la catedral de Rouen y en 1904 Le Parlement. Trouée de soleil dans le brouillard.

Ver, decir, contar, leer lo pintado, pintar lo escrito. En el siglo V antes de Cristo Simonides de Ceos sentenció: “La poesía es pintura que habla y la pintura poesía silenciosa”; y Aristóteles en su Poética enfatizó que el historiador dice lo que ha acontecido y el poeta lo que podría haber acontecido.

Las comparaciones no son aleatorias ni fortuitas; Joseph Mallord William Turner (1775-1851) fue una combinación de pintor, poeta e historiador, su trabajo puede ser leído como un registro de los tiempos en que vivió; cambios, angustias, búsquedas, nostalgias, decepciones y esperanzas de los hombres de su generación.





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