Sísifo
Danilo Albero Vergara escritor argentino

Dentro de los tres castigos ejemplares que padecieron los mortales en el Hades están: el de Tántalo, por robar el néctar y la ambrosía, alimentos de los dioses, para entregarlos a los hombres; el de Ixión, porque intentó seducir a Hera, esposa de Zeus; y, en cuanto a lo que hace a sus móviles, el más humano de los pecadores, Sísifo.

Tántalo fue condenado a pasar hambre y sed el resto de su vida, pese a tener a su alcance bebidas y manjares, cuando se disponía a tomarlos, se alejaban de él volviéndose inaccesibles; a Ixión Zeus lo ató a una rueda flamígera que giraba en el aire sin cesar. A Sísifo lo vemos cumpliendo su condena en el óleo de Tiziano, en el Museo del Prado, de minúsculo taparrabos, de izquierda a derecha remonta la penosa cuesta, la roca sobre sus hombros, la cabeza doblegada por el esfuerzo, el pie izquierdo adelantado y a punto de alcanzar la cima de la colina.

A Sísifo, hijo de Eolo (Sísifo Eólida), nos lo presenta Homero en La Ilíada y nos anticipa que es el más astuto y prudente de los mortales, narraciones posteriores también hacen de él un bandido; Albert Camus no ve contradicción entre las dos versiones, yo tampoco ─hay prudencia y astucia entre los panaderos, carniceros, chongos, carteristas, presidentes y ladrones, simplemente varían los puntos de vista─. Por los fragmentos de distintos autores que cuentan su paso por este valle de lágrimas, sabemos que vivó en Corinto y tenía por vecino a Autólico, hijo de Mercurio y maestro en el arte de apropiarse del ganado ajeno, siendo que además, como diputados, senadores, y el rey emérito de España, tenía fueros que lo protegían de la ley de los hombres por sus latrocinios; así Autólico se apropiaba del ganado de Sísifo, sin que este pudiera probar nada.

Pero un día Sísifo urdió su trampa, grabó en la pezuña de sus reses la frase “Robado por Autólico” y, al día siguiente de otra sustracción, con un grupo de notables como testigos, siguió las huellas de los cascos hasta los establos de Autólico; a continuación, mostró las pezuñas de su hacienda robada con la inscripción. Algunas versiones cuentan que, mientras Autólico, amparado en sus fueros olímpicos se defendía de las acusaciones, Sísifo hizo un aparte para seducir a su hija Anticlea. Poco después Anticlea, ya embarazada del que sería Ulises, se casó con Laertes, por eso Odiseo fue llamado Odiseo Laertíada (hijo de Laertes); personalmente, me inclino por la paternidad de Sísifo, por aquello de “tal el padre, tal el hijo” (Qualis pater, talis filius). Difícil encontrar en toda la mitología griega personaje más mentiroso, artero y tramposo que Ulises.

Posteriormente, Sísifo fue testigo de cómo Zeus raptó a Egina hija de Asopo, dios de los ríos, y fue a decirle al desconsolado padre que, si le garantizaba la provisión permanente de agua para Corinto, le indicaría donde se escondía Zeus con Egina, de resultas de lo cual el seductor sólo pudo escapar, metamorfoseado en roca, de la ira del padre.

Próximo a morir, Sísifo fue visitado por Hades, el rey del mundo de los muertos, que fue en su busca, pero se ingenió para encadenarlo; en consecuencia, hubo un breve período de inmortalidad entre los humanos hasta que Marte, el dios de la guerra, logró liberarlo, pero solo con la condición impuesta por Sísifo de que lo dejara continuar en el mundo de los vivos. Todo lo bueno se acaba y, viendo de nuevo su muerte próxima, le indicó a su esposa que no lo enterrara y así, cuando llega al inframundo, alega que no puede entrar puesto que no ha sido sepultado, consigue tres días de gracia para volver a ver la luz del sol y obligar a su esposa a que lo entierre; por supuesto, no cumplió su promesa. Esta vez fue Hermes a buscarlo, no hubo apelación posible y Sísifo llegó al mundo de los muertos donde ya tenía preparado su peñasco. El castigo ejemplar fue decisión de Zeus, cargar la roca pendiente arriba por una loma hasta la cima y, desde allí, precipitarla por otra ladera cuesta abajo. Pero nunca cumplirá su objetivo, porque en el último paso, cada vez que deposite la piedra en la cumbre, esta volverá a rodar cuesta abajo. El hecho de que la roca tuviera la forma y tamaño en la cual Zeus se metamorfoseó para escapar de la ira de Asopo no es casual.

La razón de su tormento fue despreciar los designios, caprichos y arbitrariedades de los dioses, amar la vida y despreciar la muerte. Así, Sísifo ha pasado a ser el símbolo metonímico de la condición humana, de ser consciente de la inutilidad de los intentos para escapar a designios funestos; su esfuerzo por alcanzar la cima es real pero la meta, inalcanzable. Y Sísifo verá toda la eternidad como, en unos instantes, la roca volverá a rodar hacia el mundo inferior, donde deberá volver a buscarla en su vano propósito para depositarla en la cumbre. En esa condición, de que no hay castigo más terrible que un trabajo inútil y sin esperanza, se basa Camus para escribir su ensayo “El mito de Sísifo”, para concluir que los mitos están hechos para que la imaginación los anime y que, en última instancia, su castigo es comparable a la situación de muchos desheredados de la tierra que trabajan todos los días, en las mismas tareas y sin esperanzas, para volver a retomar su ascenso cada mañana, en el mismo lugar donde se encontrarán al finalizar la jornada. Así Albert Camus imagina a Sísifo con el rostro crispado, la piedra sobre sus hombros, sudoroso, descalzo y cubierto de barro, próximo a dar el último paso para lograr su objetivo, casi metamorfoseado en roca.

Esta última imagen se diría que es la descripción del cuadro de Tiziano que está en el Museo del Prado.

 





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