Acúfenos y fosfenos
Danilo Albero Vergara escritor argentino

Creo haber reflexionado ―caso contrario, lo hago ahora― que, entre mis manías de coleccionista, las palabras ocupan un lugar preferencial. Las acomodo en prolijo y enquilombado, Diccionario Caótico, desordenado alfabéticamente. Allí escribo a mano –con tinta de alguno de los cinco colores que uso– el significado de vocablos que aparecen en mis lecturas; en momentos de ocio, lo hojeo –al azar, por supuesto– para rescatar algún término y alojarlo en mis escritos.

Ayer, hablando por teléfono con mi hermano, dijo que padecía de acúfeno o tinnitus, le pregunté de qué trataba y si es contagioso. "No es contagioso" y aclaró que es una dolencia que consiste en escuchar ruidos –pulsaciones, zumbidos o pitidos– inexistentes. No más terminar la conversación ya sabía que tendría material para esta nota, antes hospedé las dos palabras nuevas en mi cuaderno; azar, detrás de otra registrada el 4 de noviembre: fosfeno. Demasiada casualidad.

Fosfeno, voy a la definición de la RAE: "la sensación visual producida por la excitación visual de la retina o por una presión sobre el globo ocular". Hace años luego de sacar fotos con flash de una de mis bibliotecas, tuve la poco feliz idea de sacarme un autorretrato; ajusté el foco de la cámara a un metro, estiré los brazos y disparé. No tuve presente la idea de apagar el flash. Nunca olvidaré la rectangular explosión enceguecedora –lo de la explosión, es cinestesia; en el sentido sicológico y retórico– que me golpeó los ojos. De repente se hizo oscuridad donde relumbraba un rectángulo blanco amarillento. Cerré los ojos y seguía viendo un rectángulo luminoso en la negrura. Bref, tardé lo que me pareció una eternidad en recuperar la visión, eso sí, el rectángulo de luz tardó como dos horas en apagarse gradualmente. Fue la madre de los fosfenos; los adeptos del lunfardo cuidarán mucho de usar los términos flash y flashear después de una experiencia semejante. Creo que ese fue el origen de mi rechazo por las selfies.

Lo interesante, por lo menos para una rata de biblioteca con mi prontuario, es que acúfeno o tinnitus y fosfeno, me llevaron a derivas, semánticas y literarias. La primera, es una pena que la voz de la conciencia no se aparezca con la periodicidad de los acúfenos a canallas, felones –nada que ver con los cultores de la fellatio–, traidores, cabrones e hijos de madres que ejercen la profesión más antigua del mundo variopintos. Supongo que la lista que acabo de enumerar es sorda a la voz de la conciencia.

Las derivas literarias, o estéticas, me reacomodaron cuadros, esculturas, edificios, pinturas, fotos y lecturas. En forma desordenada, tan caótica como la de mi diccionario, y tal como Bergson imaginaría que pasa por la durée, los remezones que me sacudieron no fueron en sentido lineal.

Lo primero, y a propósito de la voz de la conciencia, me remite a uno de los diálogos iniciales de Trampa 22 de Joseph Heller. La escena transcurre en un hospital; Yossarian, piloto de un avión bombardero, le comenta a su amigo Clevinger que, en sus misiones de combate, los artilleros antiaérea italianos y alemanes están tratando de asesinarlo; a lo que éste le responde que nadie está tratando hacerlo; "Entonces por qué me tirotean"; "Ellos le tiran a todo el mundo; tratan de asesinar a todo el mundo"; "Y bueno, ¿cuál es la diferencia?". La mejor definición que he escuchado de los delirios de persecución paranoicos.

La otra es que acúfeno, tinnitus y fosfeno, ya en su etimología nos remiten a la Ilíada, la Odisea y al comienzo de la literatura. Acúfeno, del griego akoé (escuchar, oír) y faino (alumbrar, hacer visible); tinnitus, transcripción directa del latín (ruido metálico, tintineo); fosfeno, del griego faós (luz) y faino. Qué otra cosa hace Homero sino invocar a la Musa para que le cuente o le hable de los hechos que piensa relatar; en otras palabras que le hable y lo ilumine. Veintiséis siglos después de Homero, el escritor argentino José Hernández le hace decir al gaucho Martín Fierro; ya en la segunda sextina: "Pido a los Santos del Cielo / Que ayuden mi pensamiento; / Les pido en este momento / Que voy a cantar mi historia / Me refresquen la memoria / Y aclaren mi entendimiento".

De acúfenos y fosfenos se construyen la literatura y el arte. Calamo currente me afloran los ecos del canto VI de la Divina Comedia que resuenan en el relato "Cecco Angiolieri, poeta rencoroso" en Vidas imaginarias de Marcel Swob; en los ecos de "Eróstratos" de Vidas imaginarias que cimientan el prólogo de Victorianos eminentes de Lytton Strachey. Además, no puedo ensoñar el Guernica de Picasso olvidando fosfenos y tinnitus que parecen desprenderse y resonar de los cuerpos de los ajusticiados en Los fusilamientos del 3 de mayo; en el jinete caído en La conversión de San Pablo de Caravagio; en la mujer del extremo izquierdo de La masacre de los inocentes de Guido Reni.

En los dos últimos tercetos de "Proteo" –uno de los poemas de Jorge Luis Borges, que me jacto de saber de memoria– leemos: "Urgido por las gentes asumía / la forma de un león o de una hoguera / o de árbol que da sombra a la ribera / o de agua que en el agua se perdía. / De Proteo el egipcio no te asombres, / tú, que eres uno y eres muchos hombres". Tinnitus y fosfenos de Odisea, canto IV, cuando Menelao le cuenta a Telémaco de los ardides que tuvo que valerse para obligar a Proteo a que indicara cómo abandonar las costas egipcias y volver a Esparta.

Terminé de escribir, ahora volveré a sus estantes los libros que retiré a medida que necesité consultarlos. En la contratapa de Vidas Imaginarias, un sobre, adentro, cuidadosamente doblada, una página del viejo suplemento literario de "La Nación" con una nota sobre vida y obra de Marcel Swob. Domingo 6 de septiembre de 1998. Un fosfeno dentro de un tinnitus.

 

 


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